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Carta de política mexicana. 3 de julio de 2020

Carta de
Política Mexicana
RESUMEN

Núm. 745    3 de julio de 2020

Captura, impostura o sepultura:
órganos autónomos y
descentralizados en la 4t

Tiempo de lectura: 2 minutos

El presidente de la República ya se acostumbró al machete… Porque una cosa es cerrar la llave del dispendio, del gasto superfluo, de la ostentación y el derroche con cargo al erario y otra, muy otra, es aprovechar el viaje y acabar con los organismos públicos —autónomos o descentralizados— que, además de su función técnica y especializada, son parte del diseño democrático como contrapesos institucionales a una Presidencia de la República con vocación de Imperio.

    Bienvenida la discusión que propone el presidente López Obrador sobre la posibilidad de terminar con la proliferación de estos órganos constitucionalmente autónomos y los organismos desconcentrados de la administración pública federal, el debate acerca de los mecanismos de integración de sus consejos, órganos de gobierno y los nombramientos de puestos directivos, sobre los sueldos y prerrogativas que reciben; pero, también, bienvenida la discusión sobre los contrapesos institucionales al poder presidencial, sobre el respeto a las autonomías y los necesarios equilibrios entre poderes.

    No son lo mismo pero el presidente López Obrador suele meterlos en un mismo saco. Alquimista que suele mezclar la gimnasia con la magnesia, en su narrativa justiciera, el Ejecutivo colige que autónomos o descentralizados, estos organismos no son sino engendros de la misma herencia neoliberal —anatema de la nación—, por tanto, inoperantes, dispendiosos y, sobre todo, desechables.

    Es cierto que, en la última década, sobre todo, esa novedosa arquitectura de la incipiente democracia mexicana, la de los órganos autónomos, fue crecientemente colonizada, capturada, por la clase política gobernante. En pocos años, algunos de estos nuevos organismos pasaron de ser un símbolo de la transición democrática a convertirse en fruto podrido del sistema de cuotas y cuates que terminó por imponer la partidocracia. No fue así en todos los casos, hay que decirlo, ni a lo largo de la historia de todos los organismos.
    Hasta ahora y salvo por la obligada austeridad, la purificación de los órganos autónomos por la vía de la Cuarta Transformación no resulta muy distinta de la captura, de la colonización a la que recurrieron administraciones pasadas.

    Sucedió hace un año con el Coneval, pero también con el Instituto Mexicano del Seguro Social (imss), y con los centros de investigación científica, y con hospitales y centros públicos de salud, pero también con fondos y fideicomisos públicos… y ha vuelto a suceder en las semanas recientes con la ceav. El mecanismo es el mismo: la astringencia de recursos, los rigores de la austeridad republicana que llevan no solo a cancelar proyectos y programas, sino que colocan a las instituciones al borde de la parálisis operativa. Y a quien no le guste, ya se puede ir.

    Al presidente López Obrador le parecen ociosas las causas que no sean las suyas y desechables las instituciones que las promuevan… ¿Para qué el Inai o el Sistema Nacional Anticorrupción (sna), ese que la 4t abandonó a su suerte desde hace tiempo, si su gobierno ya barre las escaleras de arriba para abajo y promete erradicar la corrupción del país? ¿Para que un oneroso organismo electoral si el presidente de la República será guardián de las elecciones?

    ¿Quién le teme a la autonomía? Si, como repite la narrativa oficial, durante la larga noche neoliberal esos organismos “autónomos” no fueron sino patrimonio de la clase política gobernante, “comité de la burguesía” que velaban por “intereses particulares”, que eran obsecuentes al poder, la Cuarta Transformación debería demostrar en los hechos que esta vez la autonomía va en serio, que dejó de ser simulación, que este gobierno no necesita de componendas ni complicidades, pero que tampoco les teme a los contrapesos.

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