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AMLO a días de cumplir 2 años del triunfo en las elecciones






27 Jun. 2020

Afuerza de golpes, muchos de ellos con sello de muerte y dolor, la realidad va derrotando la voluntad presidencial.

Puede el mandatario alardear diciendo que "la política es como caminar siempre en la cuerda floja, hay que correr riesgos y hay que tomar decisiones". Sin embargo, al hacer suyo ese axioma, incurre al menos en tres errores: no siempre se tiene que caminar en la cuerda floja, no es lo mismo correr riesgos que peligros y el punto fino no es tomar decisiones, sino asegurar -hasta donde sea posible- que sean las correctas.

De no abandonar esa idea de la política y rectificar el concepto y la práctica de ella, la duración del sexenio puede ser mucho más corta y obligar al Ejecutivo no a gobernar, sino a administrar un desastre. El propósito presidencial de hacer dos sexenios en uno, sobre la base de trabajar el doble, no quedaría exento de culminar en un absurdo: no concluir ni uno, aun mostrando ojeras por el desvelo.


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A punto de cumplir dos años de haber sido electo y en menos de quince días, el Ejecutivo ha recibido, en el campo social, económico, criminal, diplomático y político, avisos del peso de la realidad sobre el deseo.

Avisos de cómo el poder de la naturaleza -la epidemia, el temblor y faltan los huracanes- puede desfigurar la naturaleza del poder y descarrilar por completo un proyecto si no se reajusta el margen de maniobra, se redefinen las metas y se construyen alianzas económicas y políticas, ante la consecuencia de esos fenómenos.

Avisos de cómo mover el engranaje de la estructura económica sin asegurar su funcionamiento y a costa de vulnerar la confianza -contracción del 10.5 por ciento según el FMI, presiones de inversores y amagos del embajador estadounidense recomendando no apostarle a México- puede hundir aún más la economía, prolongar la recesión y colocar al país en una situación social peor a la que se quería remontar.

Avisos de cómo el crimen organizado y desorganizado, al secuestrar a un general de brigada, asesinar a un juez y su esposa, colocar un carro bomba en una refinería, poner de cabeza a esta o aquella ciudad y atentar contra el secretario de Seguridad de la sede de los Poderes, puede descarrilar al Estado, agregando un factor de terror e inestabilidad a la circunstancia.

Avisos de cómo, en pos de ser reelegido, a Donald Trump poco le importa hacer uso del mandatario vecino, someterlo a capricho y jugar con él como si fuera un llavero, lo que puede terminar por acabar con la autoridad e investidura del invitado. Sólo la ingenuidad ampara la idea de ir a Estados Unidos a celebrar la entrada en vigor del nuevo tratado comercial y agradecer las facilidades para conseguir ventiladores, sin verse involucrado en una contienda electoral ajena.

Avisos de cómo dejar crecer al ala radical del movimiento que facilitó el acceso al poder puede vulnerar el ejercicio de éste, desatar el fuego amigo y provocar divisiones donde deberían cerrar filas. ¿Por qué John Ackerman, diciéndose devoto y fiel seguidor del Ejecutivo y guardián contumaz de la pretendida transformación, socava al uno y la otra?

Todos esos avisos llegaron en menos de quince días, en la antevíspera del segundo aniversario de la elección de Andrés Manuel López Obrador, dejando sentir que la esperanza se convierte en desasosiego, el anhelo en pesadilla, la voluntad en simple ilusión... en negro presagio del curso del sexenio.


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Practicar el funambulismo sobre una cuerda floja con los ojos vendados y sin cubrebocas semeja una osadía, pero en la circunstancia exhibe a un político desesperado, no a un estadista en ciernes.

No supone tomar riesgos, sino exponerse al peligro. En otro Sobreaviso ya se había escrito: el riesgo implica la posibilidad de ganar o perder; el peligro no, sólo perder. Quien corre peligros creyendo tomar riesgos deja ver una confusión, así como la tentación de dejar al azar el desenlace, no la solución de los problemas.

Sostener las decisiones tomadas antes de recibir esa serie de inquietantes avisos borra al candidato que hace dos años, sobre la base del pragmatismo, la flexibilidad y el arte de remontar adversidades ajustando con rapidez la compostura, accedió al poder y revela a un político necio, no tesonero, incapaz de ajustar objetivos y políticas, dispuesto a jugarse el todo por la nada y, sin querer, a renunciar al afán de hacer de la alternancia una alternativa.

Elaborar fórmulas expresivas próximas a la ocurrencia, distantes de las ideas y chocantes con la realidad está entrampando el discurso y la práctica política presidencial, conduciéndolo no a la salida sino al fondo del callejón donde se interna de más en más. Recorrer carreteras pensando que, así, estrecha su cercanía con la gente cuando, incluso por razones sanitarias, está impedido a tomar contacto con ella, lo alejan de su base. Pernoctar, refugiarse y ofrecer conferencias en los cuarteles, a donde quería devolver a la Fuerza Armada, afirma su relación con el pueblo uniformado, no con el pueblo desuniformado en más de un sentido.

En estos días terribles, en la gestión presidencial pesan más los tropiezos propios que las zancadillas impuestas.


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El próximo miércoles, Andrés Manuel López Obrador cumple dos años de haber ganado la elección y sin haber conquistado aún el gobierno. Cierto, el poder de la naturaleza afectó la naturaleza del poder, pero el ejercicio de éste ha sido atropellado y la circunstancia lo ha complicado.

El sexenio antepasado nació muerto, el anterior duró sólo dos años y, ahora, el Ejecutivo está impelido a revisar con urgencia cómo ejercer el poder, no el no poder, durante el periodo correspondiente al mandato... sin caminar a ciegas como un funámbulo en la cuerda floja.

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